Gritan conmigo

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Esto es lento.

Ralentiza. Viaja hacia el pretérito y siéntelo. Las estrellas se escapan y la luna hoy quiere formar una úlcera de dolor. ¿Notas los agujeros negros? No es que sea de noche, es su corazón, que se ha esparcido por la galaxia dejando un rastro de desamor ilegible. Yo lo leo, sé leer corazones rotos mejor que nadie. Sé que algunos se llaman Clara y otros están más oxidados porque nunca han querido o porque nunca han sabido querer. Quizá le tendría que haber dado una razón para que se quedara. O romper todas sus ventanas con besos mestizos. O saber diferenciar entre realidad y ficción. O ir hacia su casa y no llamar a la puerta porque sabes que estás arrastrándote demasiado, apoyarte en ella y sentir su olor. Su presencia corrompiendo en las situaciones de la habitación. Sabes que está ahí, tiene la radio encendida. Escuchas su risa y cuando se te escapa un sollozo todo termina, porque se ha dado cuenta de que estás tras la puerta y lo único que quiere es que entres. Pero el orgullo te eclipsa, y a ella también como para abrir. Te vas; así, sin más, y puede que para la mañana siguiente otro se la haya follado. Pero tranquilo, aún quedan estrellas en el cielo que no se han escapado. Ahora sólo hace falta que te olvides de la que ha reinado en tu universo todo este tiempo, el sol.

Alcánzame.

Inalámbricamente inconsciente de sus actos le dedica un grito a las estrellas. Ya no importa, todo ha acabado, el telón está apunto de caer y todos los personajes han muerto por sobredosis de odio. Si eres valiente atrévete ha afirmar que tienes miedo mirándome a los ojos. No es cuestión de suerte, nos hemos encontrado. Tu camino se ha cruzado con el mío. Me alegro y me enfado a la vez, no es justo que no oigas mis latidos. Mi pecho arde por ti y todo se llena de incoherencia. Tú, el primero. Fer reposa temblor en sus sienes, y Clara le espera frente a la ventana; no le mira, no le siente.
Claro(a), notas dolor en el abdomen y te obscenas a cerrar los ojos y a no pensar, pero siempre te vienen a la cabeza los mismos parámetros de tiempo en los que su sonrisa multiplicaba a la tuya por cien; en los que sus celos dividían vuestros abrazos entre mil.
Adelante, vete. Pero recuérdame et(f)ernamente.

Se llama miedo.

Si caminas de noche por Madrid lo notas. Se te nubla la vista y bailas al son de las guitarras desafinadas de los músicos callejeros. Tu paso es lento y triste; y todas las nubes que conspiran en tu cabeza se vuelven contra la razón. Miras al cielo y no ves nada, no hay estrellas, ni luna, ni siquiera oxígeno. Se lo ha llevado todo él. Le intentas robar el aire a los transeúntes de la avenida, pero su corazón está tan amurallado y el tuyo tan jodidamente agrietado, que te escuecen las vísceras. Te arde el pensamiento, y deseas llegar a casa para llorar sin que te vean, dentro de la bañera. A Clara hoy el ron le sabe a mar. Le estallan mil razones en la lengua y todas se las traga. Tiene vértigo al fracaso y mueve el cuello sigilosamente para que nadie la regañe. Al final grita, y a nadie le importa. (eso es miedo)